EL MARIDO

A Sylvia Plath
En este extraño vuelo que corta en dos la noche
Tu timidez me ofende.
Buscaba barroquismos,
Tan falsa era mi alma por entonces.
Buscaba una cariátide
-cómo nació deforme y desviada la palabra para definirte,
cómo me falló el retrato cuando quise poner a tu rostro un marco ficticio-.
Huye ahora que aún hay tiempo
Y no hay paredes que te pongan freno,
Paredes de piedra o de amor
O de costumbre -¿importa?-.
Esta pálida revelación de la madrugada
Es lo único importante.
Porque me creo un pequeño dios
Y olvidaré mañana mi propósito
Y seguiré asesinando dentro de ti
Y la fría oscuridad no me habrá dicho nada.
Escuetas imposturas
En el horizonte que ni siquiera es negro,
Tu rostro que aparece y desaparece,
Tus brazos que se mueven
Y yo que trato de salvarte.
Y ni siquiera es por ti.
Es para preservar mi gloria,
Para amasar el calvario de mi orgullo
Y convertirlo en epopeya ante tus ojos
Puesto que sé que lo trasmitirás fielmente
-mi subconsciencia lo sabe:
valen más tus papeles grises ocultos en cajones
que los míos ostentosos
en el buró ante las visitas,
resbaladizo el mérito
como pez en la charca del fregadero-.
Nada que temer de tus ojos directos.
Me defienden a partes iguales tu amor y los críticos
Y crece mi soberbia como los lodos.
Ni siquiera te amo.
Eres una dimensión que necesito
Crecida a mis espaldas.
Solo la cuña que aumenta mi estatura,
Que justifica y engrandece incluso este oportuno cinismo.
Y seguiré asesinando dentro de ti
Despacio y a sabiendas.
Eso sí perdurará de esta clarividencia.
Toma aliento la buscada perspectiva,
No falta el ingrediente:
Incluso la autocompasión hierve en la pródiga marmita.
Yo que socavo el asfalto irreal
Que tus dignas plantas pisan,
Que cada día permito que me ames dos minutos
-no consecutivos,
sí intensos,
necesarios para construirme el trono en palisandro-.
Seguiré asesinando dentro de ti
Para que la impostura no trascienda.
Silvia, aceptaré en el hueco de tus manos
Las almendras amargas.
Ahora perdonaré tu risa tu llanto tu mirada.
(Quedará el mensaje como reflejo dorado
suspenso en la cocina,
prendido de su falda.
Amasará con oro con carne de doncella
Con laurel recién hecho
Mis guirnaldas).
Silvia, aceptaré que me acunes las ansias
(ella hacía la casa,
construía mutables dolorosas estancias).
Seguiré asesinando dentro de ti
Porque eso me asegura
La inmortalidad por la que no puedo luchar
Por medios lícitos.
Tu timidez me ofende.
Buscaba barroquismos,
Tan falsa era mi alma por entonces.
Buscaba una cariátide
-cómo nació deforme y desviada la palabra para definirte,
cómo me falló el retrato cuando quise poner a tu rostro un marco ficticio-.
Huye ahora que aún hay tiempo
Y no hay paredes que te pongan freno,
Paredes de piedra o de amor
O de costumbre -¿importa?-.
Esta pálida revelación de la madrugada
Es lo único importante.
Porque me creo un pequeño dios
Y olvidaré mañana mi propósito
Y seguiré asesinando dentro de ti
Y la fría oscuridad no me habrá dicho nada.
Escuetas imposturas
En el horizonte que ni siquiera es negro,
Tu rostro que aparece y desaparece,
Tus brazos que se mueven
Y yo que trato de salvarte.
Y ni siquiera es por ti.
Es para preservar mi gloria,
Para amasar el calvario de mi orgullo
Y convertirlo en epopeya ante tus ojos
Puesto que sé que lo trasmitirás fielmente
-mi subconsciencia lo sabe:
valen más tus papeles grises ocultos en cajones
que los míos ostentosos
en el buró ante las visitas,
resbaladizo el mérito
como pez en la charca del fregadero-.
Nada que temer de tus ojos directos.
Me defienden a partes iguales tu amor y los críticos
Y crece mi soberbia como los lodos.
Ni siquiera te amo.
Eres una dimensión que necesito
Crecida a mis espaldas.
Solo la cuña que aumenta mi estatura,
Que justifica y engrandece incluso este oportuno cinismo.
Y seguiré asesinando dentro de ti
Despacio y a sabiendas.
Eso sí perdurará de esta clarividencia.
Toma aliento la buscada perspectiva,
No falta el ingrediente:
Incluso la autocompasión hierve en la pródiga marmita.
Yo que socavo el asfalto irreal
Que tus dignas plantas pisan,
Que cada día permito que me ames dos minutos
-no consecutivos,
sí intensos,
necesarios para construirme el trono en palisandro-.
Seguiré asesinando dentro de ti
Para que la impostura no trascienda.
Silvia, aceptaré en el hueco de tus manos
Las almendras amargas.
Ahora perdonaré tu risa tu llanto tu mirada.
(Quedará el mensaje como reflejo dorado
suspenso en la cocina,
prendido de su falda.
Amasará con oro con carne de doncella
Con laurel recién hecho
Mis guirnaldas).
Silvia, aceptaré que me acunes las ansias
(ella hacía la casa,
construía mutables dolorosas estancias).
Seguiré asesinando dentro de ti
Porque eso me asegura
La inmortalidad por la que no puedo luchar
Por medios lícitos.



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